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Diogenes

Diógenes de Sínope (400-323 a. C.) es uno de los filósofos más simpáticos de todos los tiempos. Respecto a su muerte, circulan varias leyendas, entre las cuales merece la pena citar dos: la primera, fue inventada por alguno de sus enemigos que nos dice que un día que se encontró con unos perros que estaban peleándose por un pulpo, y Diógenes decidió que era tan bueno que se metió en la pelea y uno de los perros le mordió en el tendón de Aquiles y se murió. La otra dice que, llegado a viejo, pensó que ya era el momento de descansar, por lo que decidió contener la respiración hasta morir.
Diógenes defendió el cosmopolitismo, una idea ético-política que luego se extendió entre los estoicos romanos y que es el germen de todo proyecto civilizador, pues consiste en poner lo humano por encima de cualquier patria.
Una vez instalado en Atenas, resolvió dedicarse a cultivar su mente y eligió por maestro a Antístenes, un personaje estrambótico, con escasa vocación pedagógica.
El pensamiento de Diógenes es, por encima de todas las cosas, un pensamiento contrario al sentido común, esto es, a lo que piensa y hace la mayoría de la gente vulgar.
Diógenes sabía que el hombre es blando, débil y perverso por naturaleza y él mismo se sometía a un duro entrenamiento para vigorizarse y vencer la pereza natural. De modo que el naturalismo de nuestro amigo se limitaba a señalar la artificiosidad de muchas de nuestras convenciones; y que para ser feliz no se precisa una sobreabundancia de bienes externos.
Su mayor beneficio de la Filosofía era el sentirse prevenido contra cualquier avatar de la fortuna.
Respecto a la muerte, supo mostrarse con la indiferencia que se le suponía a todos los buenos filósofos, y así, decía: “pues en nada es temible la muerte, que cuando se presente no es sentida”.  En consecuencia, tampoco era muy religioso.
Llegó a venderse a sí mismo en varias ocasiones como esclavo, para agarrar algún dinero y repartirlo entre las prostitutas más alegres de Atenas.
Pese a que nuca dejó de incordiar a los atenienses, el día en que murió, todos sintieron su falta en la ciudad. Con ello reconocían lo que hoy sabemos todos: que Diógenes fue un personaje que impregnó la vida ateniense de un profundo sentido de la ética; imprimió un giro divertido a la Filosofía; supo no ceder ante ninguna tibieza y mostrarse siempre radical y certero en sus planteamientos; jamás se doblegó ante el poder ni ante el dinero; nos enseñó que no hay mas riqueza que la alegría y la jovialidad; supo descubrir la dicha que se esconde tras las cosas más sencillas, y dejó un lección inmensa: que quien sea fuerte, se mantendrá siempre libre, aun en medio de la esclavitud.

 

 

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