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Estás en: Inicio > La jornada de trabajo y su influencia en la seguridad y salud laboral y en los psicosociales > Organización Temporal del Trabajo. Jornada Laboral

El tiempo, sobre todo el tiempo que dedicamos al trabajo, se transforma en un elemento
vertebrador de nuestras vidas alrededor del cual organizamos nuestras actividades vitales. Pasamos la mayor parte de nuestras vidas trabajando y resulta innegable además que el impacto y las consecuencias para la salud de las distintas formas de estructurar temporalmente el trabajo es una realidad en nuestras sociedades.
Los distintos requerimientos del trabajo que desarrollamos se realizan dentro de una estructura temporal determinada. Se atribuye al trabajo un número diario de horas, durante un periodo horario determinado dentro del día, a lo largo de unos días del año, con imposiciones de apremio en el desarrollo de las tareas, es decir todo aquello que engloba la definición de “tiempo de trabajo”: horas trabajadas, descansos, permisos, horarios atípicos, tipos de jornada, organización del ritmo de trabajo u horas extras, etc.
Todo esto demuestra que el tiempo se constituye, inevitablemente, como una parte fundamental del trabajo. Una relación que ha sido cambiante a lo largo de los años tanto en los aspectos cualitativos (distribución del tiempo de trabajo, tipo de jornada, etc.) como en los estrictamente cuantitativos, como son las horas de trabajo efectivas. Además ha variado –aunque es verdad que no de manera generalizada- la concepción que tanto trabajadores y trabajadoras como empresariado tenían sobre lo que se intercambia en la relación contractual. Mientras que en el pasado se entendía que lo que el/la trabajador/a entregaba a cambio de dinero era su tiempo, las concepciones actuales se centran en el intercambio del esfuerzo y las capacidades de las personas.
La evidencia de que esta organización del tiempo tiene costes, tanto para la sociedad como para la salud de trabajadores y trabajadoras, ha marcado la lucha histórica por la regulación del tiempo de trabajo y la limitación de las jornadas, tal y como hemos visto en capítulos anteriores.
El impacto social del tiempo de trabajo se evidencia en la necesidad de coordinación de las distintas estructuras temporales existentes (trabajo, casa, colegios, administración, etc.). El tiempo personal, el de nuestro trabajo, el de nuestro núcleo familiar y entorno más cercano y el de las estructuras sociales existentes, pueden ser elementos de difícil cohesión y generar importantes repercusiones en la dimensión relacional que las personas tenemos como seres humanos inmersos en una vida social plena.
La jornada de trabajo, que hemos estado examinando con detalle a lo largo de los distintos capítulos de este estudio, se enmarca dentro de los factores ligados a la organización del trabajo, obviamente en la vertiente de su organización temporal.
Ya hemos visto que los entornos y mercados laborales se transforman continuamente como resultado de las nuevas tecnologías y de las variaciones en las condiciones económicas, sociales y demográficas. En los últimos años, además, el ritmo de cambios en el lugar de trabajo y en la sociedad en su conjunto se ha visto acelerado considerablemente, en buena parte siguiendo la estela de la rapidez en el desarrollo tecnológico de herramientas y métodos de trabajo. Esto ha producido alteraciones más que significativas, en la organización del mercado de trabajo y en las relaciones laborales.

Además, las viejas formas de organización del trabajo no se revelan útiles para la actual sociedad; el entorno laboral se muestra en constante cambio y las necesidades del mercado de trabajo son nuevas y radicalmente distintas a las existentes en el viejo patrón.

Del mismo modo, las relaciones contractuales entre los empleados/as y las empresas también evolucionan, en muchas ocasiones asociadas a cambios en la estructura y organización de las compañías, causadas por la necesidad de una mayor competitividad en un mercado global, y en otras muchas ocasiones –en empresas que consideran a sus empleados/as como un valor de empresa y no como una mera herramienta- con la utilización de nuevas fórmulas de gratificación, fidelización y valoración del personal de las empresas.
Así, comienzan a aparecer nuevos acuerdos laborales flexibles: trabajo temporal, a media jornada, por turnos o nocturno, etcétera. El tratamiento de estos mecanismos de organización temporal puede tener un efecto positivo o negativo en el equilibrio entre la vida personal y el trabajo en función de cómo se adapte a las circunstancias personales de cada empleado/a y de cómo se establezca: de mutuo acuerdo o por imposición unilateral de la empresa.
Además, es preciso tener en cuenta que en esta sociedad, las demandas familiares -
ya sea de cuidado de los/as hijos/as o de mayores dependientes - distan mucho de estar repartidas equitativamente entre hombres y mujeres, lo cual crea problemas aún más graves para las trabajadoras. Los aspectos de género, habitualmente no tenidos en cuenta en las evaluaciones de riesgos de las empresas resultan, en temas como el que nos ocupa, especialmente importantes.

Y es que, a pesar del aumento de la participación de las mujeres en actividades laborales remuneradas, existe –como han contrastado los datos aportados en capítulos anteriores y pondrán de manifiesto las entrevistas a expertos/as- una clara “brecha de género” en cuanto al tiempo de trabajo en todo el mundo: los hombres tienden a trabajar una mayor cantidad de horas, mientras que las mujeres tienen muchas más probabilidades de afrontar jornadas menos extensas (inferiores a 35 horas por semana), situación que habitualmente no es resultado de una elección de la mujer, sino que se ve obligada por diversas circunstancias.
Así, la disponibilidad de las mujeres para el trabajo remunerado parece verse limitada por el tiempo que dedican a sus responsabilidades domésticas y familiares. El rol asistencial de la mujer en el ámbito del hogar y la familia continúa siendo preponderante en comparación con el hombre. Las mujeres siguen asumiendo la responsabilidad fundamental en cuanto al trabajo doméstico “no remunerado” en los hogares y al cuidado de los miembros de la familia, no sólo de los hijos/as, sino también de ancianos/as y enfermos/as. Como decíamos, habitualmente estas situaciones casi nunca son deseadas ni buscadas, normalmente se trata de la única posibilidad que muchas mujeres tienen de acceder al mercado laboral, constituyendo una clara situación de precarización laboral, una muestra más de que la mujer tiene muchas más dificultades de acceder al “trabajo decente” del que habla la OIT.
Es por ello que, cada vez más, el impacto de todos los elementos confluyentes en lo que se conoce como el tiempo de trabajo, revistan mayor importancia para los trabajadores y trabajadoras del Estado Español.
Al hilo de este asunto, la VI Encuesta Nacional de Condiciones de Trabajo realizada en el año 2007 por el Instituto Nacional de Seguridad e Higiene en el Trabajo pone de manifiesto que un 24.1% de los/as trabajadores/as no puede decidir cuándo coger las vacaciones o días libres, el 11.7% no tiene libertad para poner en práctica sus propias ideas en su trabajo; el 23.8% no puede variar el método de trabajo, el 23.1% no puede modificar el ritmo de su trabajo y en una proporción semejante no puede modificar la distribución o duración de las pausas, mientra que el 21.9% no puede modificar el orden de las tareas.
En el sector industrial es donde los/as trabajadores/as manifiestan tener menos libertad para coger vacaciones o días libres (26,7%), así como para elegir o modificar la distribución y/o duración de las pausas. Estos aspectos se ven además determinados por el tipo de contrato: los/las trabajadores/as con contratos indefinidos en comparación con los temporales, son quienes más indican que pueden elegir o modificar “siempre” que quieren aspectos de su trabajo, como la posibilidad de decidir sobre las vacaciones o días libres o poner en práctica sus propias ideas.
Es necesario también hacer una mención a la singularidad de los horarios españoles,
determinados por las largas e inadecuadas jornadas de trabajo que influyen directamente en la salud de las personas. La jornada laboral en el Estado Español se diferencia enormemente de la regla general de los existentes en el resto de Europa.
En España el tiempo dedicado al sueño es inferior en cuarenta minutos a la media europea.
Si bien las horas a las que las personas se levantan en España son muy similares a las que tienen en el resto de países de Europa, la hora de acostarse tiene lugar aproximadamente dos horas más tarde.
En este sentido, estudios científicos constatan que esta privación de sueño comporta un 40% más de fatiga al día siguiente, irritabilidad, pérdida de concentración, pérdida de memoria y entre un 10% y un 15% más de posibilidades de padecer ansiedad o depresión. El 90% de los adultos necesita entre siete y ocho horas de sueño, sólo hay un 5% o un 6%
que con cinco o seis horas tiene suficiente para alcanzar un máximo rendimiento
durante el día
En el ámbito de la salud laboral, el número de estudios acerca de los efectos sobre la salud de las largas jornadas de trabajo es hasta el momento escaso, en comparación con los que examinan el impacto del trabajo a turnos. No obstante, la evidencia científica apunta a que las largas jornadas de trabajo se asocian a un amplio abanico de problemas de salud como hipertensión, trastornos cardiovasculares, reducción de la tolerancia a la glucosa, problemas musculoesqueléticos, como dolor en columna vertebral, dolor en articulaciones, rodillas y pies, el síndrome del túnel carpiano (sobre todo en mujeres),
estrés, accidentes laborales, incremento de consumo de analgésicos, depresión o fatiga y que pueden aumentar el riesgo de sufrir sobrepeso, fumar y consumir alcohol en exceso
Otro aspecto importante y que en contadas ocasiones se tiene en cuenta es que la fisiología humana está “programada” para seguir los ciclos de la tierra, ciclo día/noche (luz/oscuridad), que se asocia a las conductas cíclicas de vigilia y sueño.
Hay condiciones de trabajo que afectan a la salud y aumentan el estrés físico y mental, entre ellas la imposibilidad de marcar los ritmos y la prolongación de la jornada de trabajo más allá de las seis de la tarde.
En este sentido los horarios vitales y de trabajo deben parecerse lo máximo posible a los ritmos circadianos hormonales del cuerpo humano, los cuales son difíciles de cambiar. Forzar los ritmos circadianos más allá de las 18,00 horas altera la calidad del sueño y produce cansancio y pérdida de rendimiento intelectual y físico. Además, romper los biorritmos incrementa el estrés físico y mental.
El rendimiento físico e intelectual y los horarios son muy importantes. Así, por ejemplo, el rendimiento intelectual es bajo de 8,00 a 9,00 horas de la mañana, después se incrementa de 10,00 a 12,00, disminuye ligeramente de 13,00 a 14,00, e incrementa de nuevo su actividad de 14,00 a 16,00.
A partir de esta hora, debe reducirse la secreción de tres hormonas que inciden en la generación del estrés físico y mental: el cortisol, la adrenalina y la noradrenalina. Si este descenso no se produce en torno a las seis o siete de la tarde, el sueño por la noche no será reparador.
La persona tendrá entonces más ansiedad, porque va a dormir con interrupciones, o se acordará de lo que ha soñado (es más fácil recordarlo porque el sueño es más superficial); se producen contracturas musculares, sobre todo del músculo trapecio; taquicardias; síndrome del colon irritable, aumenta el dolor muscular generalizado, etc.
El trabajo que se realiza en turno de noche (incluido el que termina a las dos o tres
de la madrugada o comienza muy temprano) tiene también consecuencias graves
para la salud: se reduce la expectativa de vida de estos/as trabajadores/as
en cinco años, y, dado que el sueño es más superficial y se interrumpe más veces
(por dormir durante el día), datos científicos constatan que hay un 40% más de casos de depresión y un 30% más de alteraciones físicas como trastornos gastrointestinales o cardiovasculares, entre una larga lista de problemas de salud.
De igual forma el trabajo a turnos tiene una elevada incidencia en los problemas de
salud de trabajadores y trabajadoras. La UE estima que el 20% de los/as trabajadores/as de la industria y el 18% del sector servicios trabajan a turnos: alrededor de 18 millones de europeos y europeas que trabajan con horarios irregulares o “anormales”.
Una reciente encuesta realizada por la sección sindical de MCA-UGT de la empresa Arcelor-Mittal de Gijón, ha venido a confirmar la existencia de no pocas consecuencias en la salud de los/las trabajadores/as de la empresa asturiana. “Estos/as trabajadores/as padecen una serie de repercusiones físicas, tienen una merma importante de la calidad de vida, ven influenciado su bienestar y los aspectos sociales de su vida cuando realizan ese trabajo de forma muy continuada; y también está relacionada con el absentismo y la accidentabilidad, los trastornos digestivos, la irritabilidad, la fatiga, los problemas de concentración, dolores de cabeza y ansiedad”.
Este sindicalista aseguraba que una parte del problema de la persistencia de los problemas asociados a los trabajos a turnos y nocturnos está en que no se han tomado demasiado en cuenta las consecuencias y no se han aplicado medidas correctoras convenientes y que
“la compensación económica, los pluses por nocturnidad y turnos, encubrían hasta ahora los problemas asociados a estos trabajos”.
Como hemos visto con anterioridad, la importancia del descanso es un hecho universal prioritario para el desarrollo de cualquier actividad humana, tanto laboral como extralaboral, por ello las consecuencias de las alteraciones del sueño en los trabajadores/as sometidos a turnos son mucho más peligrosas. Los trabajadores/as a turnos o con nocturnidad padecen habitualmente déficit de sueño y perturbaciones durante
el mismo que hace que este sea de mala calidad y no complete las funciones reparadoras que le corresponden. En la primera fase del sueño –fase lenta– se produce la disminución de las constantes fisiológicas y del tono muscular, imprescindible para que se produzca la recuperación física del organismo. En la segunda fase –de sueño rápido– se produce la recuperación psíquica. Para que estas fases se completen, el sueño ha de tener un mínimo de 7 horas que no siempre se puede conseguir en aquellas personas sometidas a turnicidad o nocturnidad en sus jornadas laborales. Una extensión en el tiempo de esta situación puede producir una acumulación de fatiga, llegando a convertirse en crónica, lo que implica un estado patológico con alteraciones, como ya hemos visto, de todo tipo.
En términos fisiológicos puede afirmarse que el ser humano es diurno y, por lo tanto el funcionamiento de la sociedad tiene lugar principalmente durante el día; la vida cotidiana está organizada pensando en las personas que trabajan con horarios que responden a esta diurnidad y a los ritmos que nos impone la biología. Por otra parte, la valoración y uso que hacen las personas del tiempo del ocio y su importancia en el descanso se ven alterados por la situación laboral de quienes trabaja a turnos o durante la noche, ya que no puede participar de unas relaciones sociales o familiares plenas, fomentando situaciones de aislamiento y soledad.
En cualquier actividad laboral, sea cual sea la duración y organización de la jornada de trabajo, los aspectos relacionados con el descanso son de importancia capital. Desde el punto de vista de la Cronoergonomía, los descansos tienen que ser pensados en relación a la duración y calidad de la jornada laboral, (ordinaria, extraordinaria, nocturna, especial, semanal, etc).
Además, el tiempo dedicado al descanso no se circunscribe al acto de dormir, sino que debe ser entendido en relación con el uso del tiempo libre del trabajador/a en cosas que nada tienen que ver con el trabajo, puesto que ese tiempo personal tiene que ver con ese descanso de tipo psíquico que necesita, además del sueño, de la “libre disposición” del tiempo como una necesidad vital de autonomía.
Toda esta información viene a evidenciar la importancia de la labor preventiva en el ámbito de la seguridad y la salud en el trabajo, con especial atención a los riesgos psicosociales como el estrés, riesgos “emergentes” en el actual contexto económico y de relaciones laborales.

En este escenario, la Agencia Europea para la Seguridad y la Salud en el Trabajo (EUOSHA) llevó a cabo en el año 2009 una encuesta entre directivos y representantes de los/as trabajadores/as responsables de salud laboral en 31 países del entorno europeo, la Encuesta europea de empresas sobre riesgos nuevos y emergentes (ESENER), haciendo hincapié en los riesgos psicosociales.
Según los datos de la encuesta, el estrés laboral es la segunda preocupación en materia de seguridad y salud en las empresas, tras los accidentes, sin embargo, como hemos mencionado anteriormente, sólo un 26% de ellas ha implementado medidas para combatir el estrés en sus trabajadores/as. Por sectores, tanto el estrés como otros riesgos psicosociales, como la violencia o amenazas y el acoso moral, preocupan especialmente en Sanidad y Trabajo Social y Educación.
En cuanto a los factores que favorecen los riesgos psicosociales, los que más preocupan a los directivos son el “apremio de tiempo” (52%), sobre todo en las grandes empresas, y los “contactos conflictivos con clientes, pacientes, alumnado (50%).
Más de un tercio de estas empresas afirmaron contar con procedimientos para gestionar el acoso moral u hostigamiento (30%); la violencia en el lugar de trabajo (26%); o el estrés laboral (26%), porcentajes que se elevan en las grandes compañías. Pero las razones que pueden llevar a las empresas a ocuparse de la gestión de los riesgos psicosociales son variadas. Es significativo –y lamentable– que el cumplimiento de la legislación sea el principal motivo por el cual las empresas se ocupan de la Seguridad y Salud, razón mencionada por el 90% de la muestra, muy alejado del 52% que reconoce hacerlo por motivos económicos o de rendimiento, lo que apunta al desconocimiento acerca de las graves repercusiones de los riesgos psicosociales, no sólo sobre la salud de los/as trabajadores/as, sino también en cuanto a su impacto en forma de costes económicos directos o indirectos aludidos anteriormente. Y en concreto, por lo que respecta a los riesgos psicosociales, el cumplimiento de las obligaciones jurídicas vuelve a ser el principal motivo (63%), porcentaje que se eleva especialmente en España hasta el 85%. En este caso, el descenso de la productividad y la calidad del producto, así como los altos índices de absentismo son otros motivos mencionados, si bien su posición se encuentra también muy alejada del principal motivo (17% y 11% de las empresas, respectivamente). Por último, cabe destacar que en cuanto a los obstáculos o factores que dificultan la gestión de
los riesgos psicosociales en las empresas europeas, la “sensibilidad de la cuestión” es el principal motivo referido (53%), al que le sigue la “falta de sensibilización” al respecto (50%).
Otra encuesta realizada en más de 5.000 empresas de ámbito estatal, la Encuesta
Nacional de Gestión de la Seguridad y Salud en las empresas (ENGE 2009) realizada por el INSHT, indica que el 60,6% de las empresas identifica uno o más riesgos relacionados con el trabajo, los más frecuentes, los accidentes y los problemas musculoesqueléticos asociados a posturas, esfuerzos o movimientos. La actividad del centro de trabajo arroja diferencias en cuanto a los principales riesgos percibidos, de manera que, como puede comprobarse en el siguiente cuadro, el estrés, la depresión o la ansiedad se perciben como un riesgo importante en los centros de trabajo de las ramas de Administración Pública y Educación, Transporte y Comunicaciones.


Ibermutuamur

Documentación de prevención de riesgos laborales elaborada por Ibermutuamur Corporación mutua


 

 
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