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Hume

Hume fue uno de esos santones laicos que tanto abundan en este gremio de los filósofos, gran amigo de sus amigos, y amable y generoso con sus servidores. Pero también se había ganado cierta fama de atea contumaz.
Hume fue un hombre de su tiempo: el Siglo de las Luces. Un siglo en el que la Filosofía se puso al servicio del combate contra la ignorancia, el fanatismo, la superstición y el mal gusto.
En opinión de Hume, las ciencias de la naturaleza progresan porque consideran nada como cierto a menos que venga avalado por el testimonio de los sentidos.
Toda idea viene siempre precedida de una impresión, y Hume sostuvo que incluso de las ideas más complejas, o más fantásticas cabe encontrar sus elementos sensoriales o impresiones.
Las principales ideas falsas son tres: la falsa idea de “Causa”, la falsa idea de “Yo” y la falsa idea de “Dios”.
 Comencemos por la idea de “Causa”. Su importancia radica en que, para Hume, la causalidad aparece como cómplice de toda generalización empírica. En consecuencia, sólo si la relación efecto-causa está suficientemente fundamentada podremos alcanzar conclusiones válidas sobre cuestiones de hecho que vayan más allá de las evidencias de nuestra memoria y de nuestros sentidos.
Es el turno ahora de la falsa idea de “Yo”. Según Hume, esta idea no es más que una pura invención  de filósofos y teólogos. Estos últimos prefieren hablar de “Alma”, pero se trata de la misma cosa: una palabra con la que aludimos al conjunto de nuestras experiencias y estados mentales pasados y presentes. Es decir, que el “Yo” no es más que un puñado de estados mentales que varían a cada momento.
Para Hume la falsa idea de “Dios” se habría formado al reflexionar sobre las operaciones de nuestro propio pensamiento y al aumentar sin límites nuestras cualidades de bondad y sabiduría. A partir de ahí, una proyección sin fundamento de toda esta reflexión produciría el hábito de creer en la existencia de un tal ser trascendente.

 

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