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Estás en: Inicio > Elaboración de informes periciales > LAS HABILIDADES DEL BUEN PERITO: LA TOMA DE DECISIÓN

Miguel Clemente y Adela Reig. Universidad de La Coruña

Una de las principales características de un buen perito, y de la misma manera de una persona que trata de buscar la causa de un hecho o investigar una cuestión, es la capacidad que debe tener para tomar decisiones de manera lo más correcta posible en función de la información que logra conseguir. Abordaremos por eso el proceso de toma de decisión en este apartado.
Quizá fuera Aristóteles el primero en distinguir las tres principales formas de conocer la realidad y de dar a conocer la realidad a los demás.
 Las definiciones, es decir, especificar en qué consiste un fenómeno. Si no se posee una buena definición sobre el concepto que queremos tratar, nuestro conocimiento de la realidad es deficiente. El perito que cuando examina la escena de un accidente, por ejemplo, identifica claramente aquellos aspectos en los que debe fijarse, y a la vez, tiene la capacidad de no distraerse con indicios o pistas falsas, logra rápidamente una definición adecuada, “vislumbra” las posibles causas.
 Las divisiones (que fueron denominadas posteriormente por Kant como “juicios analíticos") y que implican los elementos que componen el concepto. Por ejemplo, los elementos que han sido causantes de un posible accidente, y que han dado lugar a que se produzca la definición de la situación.
 Las argumentaciones (llamados por Kant en la Crítica de la razón pura como “juicios sintéticos”, y que se refiere a la capacidad de integrar los datos que hemos obtenido de cara a “diagnosticar”, o ofrecer una solución al problema. El razonamiento es fundamental dentro de un posterior proceso judicial. Mediante el razonamiento conseguimos demostrar que nuestras deducciones son válidas independientemente de nosotros mismos, de forma que cualquier persona, combinando las “divisiones” o elementos de la situación, llegaría a la misma “definición” de la misma.
Por lo tanto, cuando un perito o un evaluador examina un problema, para conocer y dar a conocer lo que se supone que antes es judicialmente desconocido, debe definir, dividir y argumentar, analizando y sintetizando.
Y en la peritación se detectan una serie de sesgos o vicios, que son:
 Falsa semejanza, es decir, por ejemplo, confundir un diagnóstico con otro. Por ejemplo, considerar que si se detecta un fallo en una estructura, pensemos que esa es la causa de un accidente, sin detenernos a pensar si ese fallo estructural es realmente el causante, o a lo mejor existe otra causa, y esa estructura no ha sido realmente la que ha provocado un efecto adverso.
 Contigüidad engañosa, que implica que si dos hechos ocurren de manera similar en el tiempo, están claramente relacionados. Así, en una empresa que nunca ha tenido ningún problema, que respeta cuidadosamente todos los protocolos de seguridad, que ofrece formación a los trabajadores, etc., es más posible que un inspector o un evaluador tienda a pensar que ante un problema la causa es meramente accidental, es decir, no existe responsabilidad por parte de nadie, eximiendo así responsabilidades concretas. Y consecuentemente, puede ocurrir lo contrario: una empresa caracterizada por sus continuos problemas, tenderá a percibirse como responsable de cualquier problema que suceda. Se trata de la denominada atribución interna y externa.
 Contraste inapreciable, es decir, saber distinguir las diferencias, tener capacidad para fijarse en los más mínimos detalles.
Pasando ya al momento de la posible ratificación de un informe ante un tribunal, quizá uno de los principales problemas a los que nos enfrentamos es lo que se denomina como la proposición de prueba inquisitorial, o “prueba diabólica”, que pretende obligar al perito a certificar lo que no es. Se trata de una prueba de hechos negativos, que si fuera posible, obliga a la exhaustividad heurística comprobando pericialmente todas las posibilidades positivas de lo que sí es, o de lo que sí puede ser, o bien a razonamientos probatorios indirectos por reducción al absurdo. Es relativamente fácil probar lo que sí es y algo más difícil probar lo que sí fue; pero resulta imposible, sólo por prueba directa, la certificación de lo que no es , y más imposible aún si cabe, tener certeza de lo que no fue. Por ejemplo, podemos detectar que un operario ha manejado de manera incorrecta una máquina; pero responder a si ese operario maneja de manera habitual mal esa máquina, o si la manejó de manera incorrecta hace un año, es imposible de demostrar, y por lo tanto, de expresar. Si bien expresado así parece obvio, es muy normal que ante preguntas de algún abogado, algunos técnicos lleguen a expresar que sí, que lo más normal es que ese operario manejara mal la máquina de manera habitual, cuestión indemostrable y que expresa un mero parecer, que nunca debe ser una afirmación profesional ni científica.
Como muy bien expresa Gallardo, el mayor de los desafíos probatorios es la denominada en latín como “probatio diabólica” o “prueba diabólica” de hechos negativos. Gallardo expone el siguiente ejemplo: es posible demostrar la existencia de jirafas en un bosque de Canadá, e incluso dar una prueba concluyente de que sí existe vida inteligente en el planeta Júpiter, pero en rigor, no es posible probar que no existen jirafas en un bosque, ni tampoco que no haya vida, inteligente o no, en ningún otro lugar. Esto debe llevar al perito a comentar, e incluso a rechazar, la proposición de prueba que él considere que esté incorrectamente planteada. De hecho, lo que se suele pretender de un perito es que confirme convincentemente lo que interesa a la parte que lo propone, y no que delibere sobre lo que se duda o se contradice entre las partes. La ignorancia judicial es siempre peligrosísima, porque desde los “Diálogos” en los que Platón pone en boca de Sócrates que el bien está, y sólo puede estar en el conocimiento correcto, y el mal en la ignorancia, es el desconocimiento, y más cuando es perversamente intencionado, lo que finalmente mejor explica el mal.
Mendacidad y falacia
El más reprochable delito que puede cometer un perito está siempre relacionado con la falsedad más o menos intencionada. Pero la falsedad, y lo falso, nunca son conceptos simples, ni resulta fácil evidenciar que algo es falso. La doctrina jurídica, y la jurisprudencia del falso testimonio del perito está referenciada, por ejemplo, por De Urbano (2003), o por Serrano (1999).
La mendacidad pericial no resulta fácil de probar casi nunca, pero en muchas ocasiones merece la pena intentar que el perito del que se sospecha que miente a sabiendas de que así lo hace, y con un beneficio a cambio de su mendacidad, tenga que declarar solemnemente en el juzgado, o ante el tribunal, para lo que hay que preparar cuidadosamente un cuestionario y una estrategia dialéctica con la que evidenciar las contradicciones más mendaces, reservando hasta el momento oportuno cualquier documento que sirva para contradecir el testimonio del perito falsario, haciendo que pese al máximo en el criterio del juez.
Más sutil que la mendacidad es la falacia, porque decir lo que no es cierto es una falsedad mucho más burda que la elaboración de un argumento intencionadamente incorrecto. Desde las “Refutaciones sofísticas” de Aristóteles en los “Tratados de Lógica” (Organon), se ha escrito sobre las distinciones entre errores (paralogismos) y falacias malintencionadas o sofismas perversos. Y es que como expresaba Aristóteles, “es completamente absurdo discutir acerca de la refutación sin hacerlo antes acerca del razonamiento: pues la refutación es un razonamiento, de modo que es conveniente tratar acerca del razonamiento antes que de la falsa refutación: pues tal tipo de refutación es un aparente razonamiento de la contradicción”.
Es imprescindible conocer lógica, dialéctica y heurística para detectar falacias periciales. Las afirmaciones y negaciones, universales y particulares según las 4 formas de estructurar la premisa mayor, la menor y la consecuencia, posibilitan exactamente 256 silogismos. Menos de la décima parte (19 de 256) de los silogismos posibles son rigurosamente correctos, siendo el resto (237 de 256) lógicamente falaz, y no resulta fácil encontrar a quien sepa distinguirlos.
Desde su primera edición, en 1895, la obra Lógica de las pruebas en materia criminal de Nicola Framarino de Malatesta, es el texto de referencia obligada para la hermenéutica de la peritación criminalística más rigurosa. Pero Aristóteles, con sus Analíticos, Tópicos y Categorías, y con el resto de sus Tratados de Lógica, sigue siendo el gran inspirador del buen razonamiento, y el primer denunciante por escrito del malo (Sócrates no escribió nada, y Platón dialogaba y hacía dialogar, pero era mucho menos concluyente que el estagirita frente a la falacia) con sus Refutaciones sofísticas, también en el derecho procesal y en la pericia.
Hay un peligroso efecto contraproducente que conocen bien los que mejor argumentan.
Ningún perito debe ser apodíctico, porque es un grave error pericial el que se comete al valorar las evidencias más allá de lo que expresamente se pide en la proposición de prueba pericial, y más grave aún es pretender imponer criterios infalibles pretendiendo ignorar otros contradictorios o contrarios. Es mucho mejor ser apofántico en las exposiciones periciales, dejando que sea el juez el que concluya a la vista de lo que el perito va evidenciando acumulativa y articuladamente, facilitando tanto como sea posible, pero no más, la relación de hechos probados en la sentencia.

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